Espigas en perros: síntomas según dónde se clave, qué hacer y cómo prevenirlas
Las espigas solo avanzan hacia dentro: ni salen solas ni el cuerpo las disuelve. Cómo reconocer que tu perro tiene una según dónde se le haya clavado —pata, oreja, nariz, ojo—, qué hacer y la revisión de dos minutos que las evita.
Hay una urgencia veterinaria que se repite cada julio y agosto en todas las clínicas de España, y que casi nadie ve venir: las espigas. Son esas semillas secas y puntiagudas de las gramíneas que se enganchan en el pelo del perro cuando cruza un descampado. Parecen inofensivas —y de hecho la mayoría lo son—, pero las que se clavan tienen una característica que las convierte en un problema serio: solo pueden avanzar en una dirección, hacia dentro. Ni salen solas, ni el cuerpo las disuelve. Esta guía te explica cómo reconocer que tu perro tiene una, según dónde se le haya clavado, qué hacer y cómo evitarlas.
Por qué una semilla puede acabar en cirugía
La espiga tiene forma de arpón: un extremo puntiagudo y unas barbas microscópicas orientadas hacia atrás. Ese diseño, perfecto para que la planta se propague enganchándose al pelo de los animales, es exactamente lo que la hace peligrosa. Cuando la punta encuentra piel, mucosa o un conducto —el espacio entre dos dedos, un oído, un orificio nasal— empieza a avanzar, y las barbas impiden que retroceda. Cada movimiento del perro, cada paso, cada sacudida de cabeza la empuja un poco más adentro.
A partir de ahí, el cuerpo no tiene forma de resolverlo: la espiga es material vegetal, no se disuelve ni se reabsorbe. Lo que hace el organismo es reaccionar con inflamación e infección alrededor, formando un absceso o una fístula. Y mientras tanto, ella sigue migrando. Los casos que acaban mal son precisamente los que se dejaron pasar: espigas que desde una pata han viajado por debajo de la piel, o que desde la nariz o la garganta han llegado al pulmón o al abdomen, convirtiendo un problema de dos minutos con unas pinzas en una cirugía complicada.
Cuándo y dónde hay más riesgo
La temporada va aproximadamente de mayo a septiembre, y el momento crítico es cuando la hierba se seca y se vuelve quebradiza: la espiga verde no se desprende, pero la seca se suelta al mínimo roce. Los lugares de riesgo son los de siempre: descampados, cunetas, bordes de caminos, campos sin segar, solares abandonados y esas zonas de hierba alta y amarilla que a los perros les encanta atravesar corriendo. Los más expuestos son los perros de pelo largo, los de orejas caídas —un cocker es el ejemplo clásico— y cualquier perro de campo o de caza.
Síntomas según dónde se haya clavado
Casi nunca vas a ver la espiga: lo que ves es el comportamiento repentino que provoca. La clave es esa, que aparece de golpe, muchas veces durante o justo después de un paseo:
- En la pata (lo más frecuente): cojera repentina y lamido obsesivo de un punto concreto, casi siempre entre dos dedos. Con las horas puede aparecer un bulto inflamado y, más tarde, un pequeño orificio que supura.
- En la oreja: sacudidas de cabeza violentas y repentinas, cabeza ladeada hacia el lado afectado y rascado insistente de esa oreja. Es de los cuadros más llamativos: el perro pasa de estar bien a no parar de agitar la cabeza.
- En la nariz: salvas de estornudos violentos y seguidos, que empiezan de repente. A veces hay secreción o unas gotas de sangre por un solo orificio nasal. El perro puede frotarse el hocico con las patas o contra el suelo.
- En el ojo: el perro mantiene un ojo cerrado o entrecerrado, con lagrimeo abundante. Un ojo irritado de golpe y solo uno es sospechoso.
- En la garganta: tos repentina, arcadas o intentos de tragar de forma repetida, a veces tras haber estado olfateando entre la hierba.
- En la piel: axilas, ingles y zona genital son puntos habituales. Suele manifestarse como un bulto que aparece en días y termina abriéndose en una fístula que supura.
⚠️ Qué hacer y qué no hacer
- Si la ves entera y está solo enganchada al pelo o apenas prendida en la superficie de la piel: retírala con unas pinzas, agarrándola lo más cerca posible de la piel y tirando de forma recta y firme, sin torcer.
- Si está dentro de un oído, la nariz, un ojo, la garganta o un orificio que supura: no la toques. No hurgues, no metas pinzas ni bastoncillos, no eches líquidos. Solo conseguirás empujarla más adentro y complicar la extracción. Es una visita al veterinario, hoy.
- Si ves solo un trozo o se rompe al tirar: tampoco insistas. Un fragmento que queda dentro sigue migrando igual.
- No esperes a ver si se le pasa. Es el error que convierte una extracción sencilla en una cirugía: cuanto más tiempo pasa, más lejos está la espiga y más difícil es encontrarla.
Cómo prevenirlas: la revisión de dos minutos
La prevención de las espigas es casi toda rutina, y funciona muy bien:
- Revísalo al volver de cada paseo, en temporada. Es lo más eficaz de esta lista. Pasa las manos por todo el cuerpo y mira específicamente: entre los dedos de las cuatro patas, dentro y detrás de las orejas, axilas, ingles y zona genital. Es la misma revisión que ya haces para buscar garrapatas — aprovecha y busca las dos cosas a la vez.
- Corta el pelo de entre las almohadillas. Ese mechón entre los dedos es donde más espigas se quedan atrapadas. Recortarlo en verano reduce muchísimo el riesgo, y de paso mejora su agarre. Si ya le cortas las uñas en casa, aprovecha la sesión: te lo contamos en la guía de cortar uñas a tu perro o gato.
- Evita los campos secos en temporada. Parece obvio, pero es la medida que más gente descarta por comodidad. Entre junio y agosto, mejor camino que descampado.
- Cepíllalo tras el paseo si tiene pelo largo: muchas espigas están simplemente enredadas en el pelo y aún no han llegado a la piel. Ese es el momento fácil.
- Si tiene orejas largas y caídas, existen gorros o snoods que las recogen durante el paseo. Poco elegantes, muy eficaces.
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Preguntas rápidas
- ¿Puede salir sola una espiga? No cuentes con ello. Sus barbas están diseñadas justo para lo contrario. Lo que a veces ocurre es que el cuerpo la expulsa a través de una fístula tras semanas de infección — un camino lento, doloroso y con riesgo de complicaciones.
- ¿Y a los gatos también les pasa? Sí, aunque bastante menos: los gatos de interior no se exponen y los de exterior se acicalan mucho. Aun así, un gato con acceso al campo puede clavarse una, sobre todo en orejas y patas.
- ¿Cuánto cuesta que se la quiten? Depende mucho de dónde esté. Una superficial se retira en consulta en minutos. Una alojada en un oído o la nariz suele requerir sedación para poder explorar y extraerla, y sube bastante. Una que ya ha migrado y ha formado un absceso es cirugía. Es la mejor razón para no esperar.
- Mi perro cojea pero no le veo nada entre los dedos, ¿puede ser una espiga? Perfectamente. Si ya ha penetrado, el orificio de entrada es diminuto y puede pasar desapercibido; lo que queda es la inflamación y el lamido insistente de ese punto. Si tu perro se centra en una zona concreta, enséñasela al veterinario.
- ¿Es lo mismo que una garrapata? No, aunque se busquen igual. La garrapata es un parásito que se engancha y transmite enfermedades; la espiga es material vegetal que perfora y migra. Coinciden en temporada y en que la revisión tras el paseo las detecta a ambas.
En resumen: si tu perro empieza de golpe a cojear, a sacudir la cabeza o a estornudar en salvas después de un paseo por hierba seca, piensa en una espiga y ve al veterinario el mismo día. Y hazte a la idea de que, de mayo a septiembre, esos dos minutos de revisión al volver a casa son la mejor inversión del verano. Ya que estás con los cuidados de temporada, te vendrán bien también la protección de las almohadillas frente al asfalto caliente y las señales de golpe de calor. Y si te vas de vacaciones con él, échale un ojo a nuestras guías de viaje con mascota.
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